De Oñate a la granja
De Oñate a la granja «Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, sólo te decimos: Oñate, quédate con Dios».
En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero preciso: «Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta. ¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos llevando a cuestas a D. Alonso, con estas pobres niñas hambrientas y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la [1] suerte de que bajaran tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos caerá esa breva… Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si quieres, y tráeme lo que te digo.
—Un carro si lo hay, que no lo habrá… y víveres si los encuentro, que los encontraré… pero no querrán dármelos. Bueno.