De Oñate a la granja

De Oñate a la granja

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—Hasta ahora —dijo Fernando—, no veo en el buen D. Alonso más que un entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de acción…

—¡Ay, cómo lo acierta usted!… Pues sí, sin decirnos nada, antes bien, llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida volante en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y dos o tres cabezas ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier barbaridad: valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la Sonsierra. Una mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y ya tiene usted a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y a comerse crudos a todos los malandrines del otro bando.

—Ya… y le derrotaron, y…

¡Quia! Espérese un poco… Ahora no ha sido usted muy buen adivino. Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos prisioneros… A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande…

—¡Vamos!


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