De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Es verdaderamente horrible —dijo Fernando con inmensa compasión—. ¿Pero no contaba usted con algún conocimiento, con relaciones en ese maldito pueblo?
—Verá usted: En aquel conflicto, teníamos puesta toda nuestra esperanza en un señor, que sabíamos ocupaba en la Corte de este Rey una elevada posición: D. Fructuoso Arespacochaga… ¿Le conoce usted?
—No señora. Entre las personas que he visto aquí no recuerdo a ese sujeto.
—¡Cómo le había de ver, si no está! Pues mis carceleros, gente mala y suspicaz, después de un día de lucha, me permitieron escribir a D. Fructuoso. Es el tal de Vergara, si mal no recuerdo; solía pasar temporadas en La Guardia, donde tenía intereses; mi padre y él se hicieron muy amigos, y juntos iban de caza. Creía yo que con decirle mi nombre y el de mi padre bastaba para que tuvieran término pronto y feliz las calamidades que nos afligían. La ansiedad con que esperábamos la vuelta del que llevó la carta ya puede usted fígurársela. Cada vez que sentíamos pasos en la escalera creíamos que subía D. Fructuoso. ¡Ay, qué dolor, qué abatimiento cuando nos llevaron la noticia de que le habían mandado a Viena o qué sé yo a dónde, con una misión diplomática!… ¿Le parece a usted?… ¡Misión diplomática! Hasta los gatos quieren zapatos.
—Pero, por Dios, ¿no quedaba en Oñate alguien de la familia de ese D. Fructuoso?