De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Sí, señor… por lo cual verá usted que no estábamos enteramente dejadas de la mano de Dios. Mi carta fue a parar a manos de un Sr. Ibarburu…
—¿Clérigo?…
—Y empleado en lo que llaman aquí el ramo de… no sé qué.
—De Gracia y Justicia… Le conozco: hemos sido compañeros de vivienda. Es un capellán joven, con gafas, hablador, bastante fatuo.
—El mismo, sí señor: muy redicho, de una amabilidad empalagosa, de estos que se oyen y se felicitan cuando hablan… Pues fue el capellán a vernos, y nos dijo que, encargado por D. Fructuoso de todos los asuntos de este, deseaba servirnos en lo que de él dependiera, siempre que no le pidiésemos cosa alguna en detrimento de la santísima causa que defendía. Con todas estas rimbombancias y otras que no recuerdo nos hablaba el señor aquel, más fino que cariñoso, dejando entrever su egoísmo en sus actos de cortesía.
—No sé qué es peor, Demetria —dijo Fernando nervioso—, si tratar con bandidos o con fatuos, intrigantes, como ese clérigo.