De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Me pongo en la razón misma, y le contesto que cuando esté bueno tomará el rumbo que quiera; pero ¿a dónde va en tal estado el pobrecito D. Fernando, cojo, sin poderse valer? Si le dejamos a usted, de aquí no podrá moverse en algún tiempo, que esa cura es lenta, si ha de hacerse bien y sin complicaciones… Y no hablemos más por ahora, que ya viene el buen Guinea con un señor que debe de ser el médico militar. De lo que diga depende lo que resolvamos, lo que yo resuelva, pues ahora se han trocado los papeles, amiguito. Ya no es usted el jefe de la expedición. Yo he tomado el mando, y a usted toca obedecerme».
Minucioso fue el examen facultativo. Demetria y el físico sostuvieron breve diálogo:
«¿La bala?
—Evidentemente no está dentro. En la región superior de la pantorrilla se ve el rasgón de la salida.
—¿Es grave la herida?
—No, no. La gravedad resultaría si el señor no se sometiese a un absoluto reposo.
—¿Cuánto tiempo?
—Un mes.
—Bien. ¿Y qué hay que hacer ahora?
—Aplicarle un vendaje que yo prepararé; renovar cada seis horas la planchuela de Bálsamo Samaritano. Permanecer acostado y con buen abrigo en todo el cuerpo.