De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Perfectamente. ¿Puede el herido hacer un viaje, en coche, con toda comodidad?
—Sin duda, observando lo que prescribo: la renovación de la planchuela, el abrigo y la quietud posible dentro de un coche o galera bien acondicionada, que vaya al paso».
No se habló más. Hizo el médico la cura, y proveyó a Demetria de bálsamo para tres días. Al ver partir al físico, Gracia rompió en joviales demostraciones de afecto hacia su libertador, diciéndole: «Ahora, Sr. D. Fernandito, se ha fastidiado usted, y no tiene más remedio que ser nuestro prisionero.
—Nos le llevamos encantado —dijo Demetria, que en aquel punto recibió la noticia de tener dispuesta una hermosa galera—; encantadito en una jaula, como llevaron a D. Quijote a su pueblo.
—¿Pero de veras —dijo Fernando con extrañeza matizada de susto—, me llevan ustedes a La Guardia?