De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Y después de informarse de las circunstancias y proceso de la herida, y de aventurar un favorable pronóstico, asegurando que sólo con el buen trato, la dulce quietud y el rico vinito de la tierra se curaría en un periquete, repitió la cantilena del criado: «¿Ve usted esta inmensa campiña?… ¡Qué hermoso viñedo, qué gloria de Dios! ¿Ve usted aquellos trigos que parecen un mar con sus olas y su vaivén? Pues todo es de estos ángeles… ¡Pobre Alonso! Ya venía el infeliz tan trastornado, que no podía parar en bien… ¿Le parece a usted? ¡Desafiar a Carlos V!… Luego la temeridad de estas muchachas… ¡Lo que bregué con Demetria para quitarle de la cabeza la idea de ese viaje! 'Pero, tío, si no vamos más que hasta Salvatierra, donde de fijo le encontraremos'. Y ya ve usted… Lo que pasa… que un poquito más allá, que otro poquito… y a Oñate. ¡Jesús mío, nada menos que a Oñate se fueron, como unas bobas!… Pues si Dios no les depara esta buena alma, este brazo valeroso, no sé qué habría sido de mis pobres ángeles… ¡Ay, chiquillas, de buena habéis escapado! Bien os lo dije cuando salisteis: 'Demetria, mira lo que haces'. Pero ya habrá usted conocido que esta niña mayor es una voluntad de hierro, dispuesta como ella sola, tenaz en sus empeños, y cuando dice 'por aquí voy', ya pueden todos echarse a temblar».