De Oñate a la granja
De Oñate a la granja No habían andado quince minutos, cuando aparecieron nuevos amigos, el cirujano D. Segundo Crispijana, dos señores de capa, mujeres, y detrás medio pueblo. Omítense por fastidiosas las escenas de besuqueo y lágrimas. El D. Segundo, señorete de rebajada estatura, cara redonda con sotabarba, la nariz decorada con dos verrugas, los ojuelos muy perspicaces, edad como de sesenta años bien llevados, se llegó a la galera de Fernando, después del saludo a las señoras, y empezó a funcionar facultativamente a la primera insinuación. «Eso no es nada. En cuanto lleguemos se dará un vistazo… Cuestión de un poco de reposo… ¿Y qué, duele? Tirantez de la piel, afectando hasta los músculos del tobillo… Perfectamente. ¿Qué médico le vio a usted en Salvatierra? ¿Aseguró que había salido la bala?… Eso lo veremos… calma… lo veremos… ¿Con que… duele?
—Sí, señor; no puedo ocultarlo ya… Me duele ¡ay! horrorosamente.
—Pues no lo disimule, caray… Chille todo lo que le salga de dentro.
—No señor, no chillo… le aseguro a usted que no chillo… Sé sufrir; sé comerme mis dolores… No quiero que las señoritas se alarmen… se disgusten.
—Ya estamos en casa. Vea usted la ilustre villa de La Guardia».