De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Naturalmente, la masonería tiene en la cárcel sus ramificaciones. Aquí se conspira lo mismo que en cualquier otra parte. Comandante he conocido yo aquí, que nos delató porque no quisimos hacerle Venerable; y entre los cabos hay muchos que hasta hace poco cobraban la peseta diaria que se daba por ciertos trabajos. En los días que estuvo aquí D. Eugenio Aviraneta, el primer genio del mundo en el conspirar, era este el centro de todos los Orientes, grandes y chicos, y aquí venían comunicaciones cifradas de los institutos armados, de las cancillerías extranjeras, y hasta de los ministros… En fin, no puedo decir más. Paciencia, amigo, que pronto, muy pronto ha de cambiar la faz de la Nación…
—¡Qué gusto! Dígame: será cosa tremenda, desquiciamiento total, confusión, ruinas…
—Poco a poco, amigo mío: los que hoy somos corifeos de la Libertad, nos creemos llamados a gobernar a la Nación, no a destruirla. Trabajamos contra los malos gobiernos, contra las instituciones opresoras; pero queremos el bien del país.
—Yo también… pero el bien del país exige un cataclismo.
—Lo habrá, hijo, lo habrá… cataclismo prudente, en beneficio de la Libertad y de los libres… Paciencia, calma, patriotismo.
—Sea como fuere… ¿será pronto?