De Oñate a la granja

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Seguía Hillo dando a todo su aquiescencia, por ver si paraba un poco el molinillo de la palabra de Ibraim; pero ni por esas. Mientras más conforme aparecía D. Pedro, el otro apretaba más en su despotrique, y, por fin, se metió en la política palpitante. A Mendizábal no le podía ver, aunque eran casi paisanos (D. Víctor había visto la luz en Coria del Río, a la verita e Seviya). Mil ejemplos podría citar el clérigo hablador del detestable Gobierno de D. Juan y Medio; pero como para muestra bastaba un botón, denunciar la incapacidad del Ministro con este solo caso. A poco de sentarse en la poltrona el gaditano, llegó él (Ibraim) de la propia Sevilla con buenas recomendaciones. No pretendía cosa mayor: el arcedianato de Morón o la Rectoral de Osuna. Trabajó el asunto; ayudáronle los Procuradores sevillanos Don Juan Morales Díez de la Cortina y D. Francisco Javier Osuna. Pero cuando ya creía tener bien trincado lo de Morón, quedose como er gayo der mismo, sin pluma y cacareando, porque el arrastrao D. Juan dio la plaza a un pariente suyo, un tal Méndez, de Chiclana, que en su vida las había visto más gordas, pues ni latín sabía, y se pasaba el tiempo derribando vacas. Gestionó luego D. Víctor lo de Osuna, y quedose también per istam. Se lo llevó uno que en sus sermones llamaba a los liberales loj alurnoj e Lusifé. Así estaba todo… lo mismo que en tiempo de Calomarde. ¡Y para esto traían de Londón un ministro santiguaor que iba a poné la justisia!… Gracias que el pobre clérigo andaluz, después de aquer feo que le hiso el Ministro, pudo encontrar alguna protección en su paisano Joaquín Francisco Pacheco, que le metió en lo castrense con no poco trabajo.


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