Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos —Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.
—Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por delante.
—Han pasado, sin duda, cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle.
—No, no ha pasado nada todavía, pero pasará. ¡Ah! Gabriel, lo que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya no tenemos rey ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta.
Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin rey y sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.
—Gabriel —me dijo mi amigo, pasado un rato—, ¿te gusta que te manden los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y te hagan soldado de Napoleón, y que España no sea España; vamos, al decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como ese emperador quiera que seamos?
—¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro rey, cualquiera que sea, no lo consentiría.
—No tenemos rey.