Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Tan abstraído estaba yo en el probable desarrollo de mi cuento fantástico que durante algún tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de palacio y pregunté a los que me rodeaban:
—¿Pero qué quiere toda esa gente?
—Es que se van, se los llevan —me dijo un chispero—, y eso no lo hemos de consentir.
El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente intenté seguir mi camino. Poco había adelantado cuando me sentí cogido por un brazo. Estremecíme de terror, creyendo hallarme en las garras del Licenciado Lobo; pero no: era mi amigo Pacorro Chinitas, amolador de oficio.
—¿Con que parece que se los llevan? —me dijo.
—¿A los infantes? Eso oigo; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene sin cuidado.
—Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos, y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en jugar, y por eso no te importa. Tú no eres español, o no tienes corazón, ni eres hombre para nada.