Episodios nacionales para ninos

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Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron ante mí les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Entre los inmolados y entre los que aguardaban el sacrificio no vi a Inés ni a don Celestino, aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.

En aquel trance doloroso una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados, pero en trances tan terribles parece que se extingue todo sentimiento compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros somos impasibles para las desgracias ajenas… Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y bullicio de gentío, cuando un anciano se acercó a mí, tomándome por el brazo.

—¿A quién busca usted? —le dije.

—¡Mi hijo, mi único hijo! —me contestó—. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón de muertos?

Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre había perdido el juicio y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntóme a su vez que a quién buscaba. Contéle brevemente la historia, y me dijo:


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