Episodios nacionales para ninos

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—Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido aquí ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron a San Bernardino y a estas horas… Vamos allá. Yo tengo un salvoconducto y podremos salir.

Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desolado y le perdí de vista. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi alrededor ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Sólo sé que corrí sin cesar, que oí las dos en un cercano reloj y me encontré en la plazuela del Barranco, inmediata a los Caños del Peral. Medí con el pensamiento la distancia y corrí hacia ella. La desesperación aligeraba mis pasos… Pronto llegué a la portalada que da a la huerta del Príncipe Pío, donde vi tanta gente curiosa que era difícil acercarse. Quise introducirme; intenté conmover a los centinelas con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas. Pero mis esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y la rabia me sugirieron estas palabras, que dirigí al centinela:

—Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.

El centinela me miró con lástima y apartóme con la culata de su fusil.


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