Episodios nacionales para ninos

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Una noche, aprovechando la buena coyuntura de estar mi ama en la novena del Rosario, los dos viejos, como escolares bulliciosos que pierden de vista al maestro, encerráronse en el despacho, sacaron unos mapas y pasearon por ellos sus dedos temblorosos; luego leyeron papeles en que estaban apuntados nombres de muchos barcos ingleses, con la cifra de sus cañones y tripulantes…, ¡qué escena, qué vida! Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad quise yo también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo. Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación remedé con la cabeza y los brazos la disposición de una nave que ciñe el viento, y al propio tiempo imitaba con perfección el estruendo de los cañonazos, «¡bum, bum, bum!». Mi respetable amo y el mutilado contramaestre, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo que yo hacía, pues harto les embargaban sus guerreros comentarios. Enfrascados estaban en ellos cuando sintieron los pasos de doña Francisca, que volvía de la novena.


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