Episodios nacionales para ninos

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El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras a dormir perezosamente la mañana; antes bien, colchón de cascote hace buenos madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que entretenemos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en disposición de salir a hacer nuestras visitas. Pensando en esto, vimos salir a dos hombres y una mujer de los que fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada a dormir en aquel lugar. Uno de ellos era un infeliz lisiado, con menos de pierna y media, pues la una terminada en pata de palo, la otra en la rodilla. Se ponía en movimiento con ayuda de muletas; era viejo, de rostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar, dándonos los buenos días, don Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía la casa de don José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo:

—¿Don José de Montoria? Le conozco más que a las niñas de mis ojos. Hace veinte años vivía en la calle de Albardería; después se mudó a la de la Parra; después… Pero ustés son forasteros, por lo que veo. Según eso, ¿no estaban ustés aquí el 4 de agosto?

—No, amigo —le respondí—, no hemos presenciado ese gran hecho de armas.

—¿Ni vieron tampoco la batalla de las Eras?

—Tampoco hemos tenido esa felicidad.


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