Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Desconocía el disimulo, poseía las grandes virtudes cristianas en crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Perdonaba ofensas, agradecía los beneficios y daba parte de sus cuantiosos bienes a los menesterosos.
Vestía con aseo, comía con buen diente, ayunando con todo escrúpulo los viernes de Cuaresma, y amaba a la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de soltar a todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía remediar, porque aquello de las porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello.
Tenía mujer y tres hijos. Era aquella doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado a los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado a la Iglesia. A todos les conocí en el mismo día, y eran la mejor gente del mundo.
—Señor don Roque —dije aquella noche a mi compañero cuando nos acostábamos en el cuarto que nos destinaron—, yo jamás he visto gente como ésta. ¿Son así todos los aragoneses?