Episodios nacionales para ninos

Episodios nacionales para ninos

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La ruda generosidad de aquel insigne varón nos tenía anonadados. Cuando nos retirábamos a la ciudad, llevónos Montoria a examinar las obras defensivas en aquella parte occidental, Portillo, tapias de la Feceta y Agustinos Descalzos, Trinitarios, Eras, Sepulcro. Estas obras, como hechas a prisa, no se distinguían por su solidez. Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar y otras célebres plazas fuertes tomadas o no, era entonces una fortaleza de cartón. Y, sin embargo…

En su casa, Montoria se enfadó otra vez con don Roque y conmigo porque no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras y otras palabras que no cito. Era don José un hombre de sesenta años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le sobraba en costumbres patriarcales y (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en gazmoñerías y refinamientos de palabra. No conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era refractario a la mentira discreta, y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía.



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