Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos A las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fue destinado a guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el convento de Trinitarios. Algunas compañías teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos, y la conformidad, la dulce armonía de nuestras ideas, me hacía muy agradable su trato. Era un joven de hermosa figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso.
Ya dije que le dedicaban a la Iglesia, y añado ahora que la vocación eclesiástica de mi amigo era una vana ilusión de la familia. Ésta, como los buenos Padres del Seminario, no lo comprendían así, ni lo comprendieran aunque bajara a decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos a los maestros con la intelectual gimnasia escolástica, no tenía más vocación para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas o Napoleón para el baile.