Episodios nacionales para ninos

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No tardó en efectuarse el movimiento que yo había previsto, y el convento de San José fue atacado por fuerte columna de infantería francesa; mejor dicho, fue objeto de una tentativa de sorpresa. Al parecer, los enemigos tenían mala memoria, y en tres meses se les había olvidado que las sorpresas eran imposibles en Zaragoza. Los pobrecitos acababan de llegar de la Silesia y no sabían qué clase de guerra era la de España. Además, como ganaron a Torrero con tan poco trabajo creyéronse en disposición de tragarse el mundo. Ello es que avanzaban, como he dicho, sin que San José hiciera demostración alguna, hasta que, hallándose a tiro de fusil o poco menos, vomitaron de improviso tan espantoso fuego las troneras y aspilleras de aquel edificio que mis bravos franceses tomaron soleta con precipitación, dejando tras sí gran número de muertos. Ya debían comprender nuestros enemigos que si se abandonó a Torrero fue por cálculo y no por flaqueza. Sola, aislada, desamparada, sin fuertes ni castillos, Zaragoza alzaba de nuevo sus murallas de tierra, sus baluartes de ladrillos crudos, sus torreones de barro amasado la víspera para defenderse otra vez contra los primeros soldados, la primera artillería y los primeros ingenieros del mundo.

La campana de la Torre Nueva sonaba con clamor de alarma y Zaragoza entera glosaba el lúgubre tañido, repitiendo: «¡Al Arrabal, al Arrabal!».


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