Episodios nacionales para ninos

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Empujándolas con muy malos modos, las llevó hasta la puerta, y por ella desaparecieron los tres. En mi memoria quedaron grabados el rostro y facha del tío Candiola, que eran, en verdad, harto desapacibles. Su flaqueza, la forma ganchuda de su nariz, su mirar oblicuo, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la tez amarilla, el ronco metal de voz, el pelucón de bolsa con que ocultaba su calva, le hacían atrozmente antipático y un tanto siniestro.

Causábame extrañeza la hostilidad de aquel tipo al noviazgo de su niña con el hijo de un señor tan alto como don José de Montoria, y Agustín me sacó de dudas diciéndome: «Este avariento miserable guarda a su hija como un saco de onzas y no está dispuesto a darla a nadie. Además, tiene antiguos resentimientos con mi padre, porque éste libró de sus garras a unos infelices deudores». Añadió luego, con más intenso dolor y melancolía esta otra confidencia. «Por la parte de mi familia son mayores aún los obstáculos… ¡Pues no te digo nada si mi señor padre y mi señora madre llegan a saber que quiero a Mariquilla! Me tiemblan las carnes sólo de pensarlo. ¡Un hijo de don José de Montoria enamorado de la hija del tío Candiola! ¡Qué horrible pensamiento! ¡Un joven que formalmente está destinado a ser obispo…, obispo, Gabriel; yo voy a ser obispo en el sentir de mis padres!». Diciendo esto, Agustín golpeó con su cabeza el sagrado muro en que nos apoyábamos.


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