Episodios nacionales para ninos

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Sabida por el gran Montoria la tacañería del aborrecido balear nos llevó a la casa de éste, llamamos a la puerta con estruendo, asomó por un ventanuco la espeluznante vieja doña Guedita, la cual quiso despedirnos con avinagradas expresiones, vimos después una hermosa mano que levantaba la cortina, dejando ver una carita inmutada y pálida, unos ojos grandes y vivos que dirigieron hacia la calle miradas de terror. Mi compañero Agustín, en cuanto vio la dulce imagen de Mariquilla, se escabulló bonitamente por no exponerse ante su padre a una escena desagradable y embarazosa con la doncellita de sus juveniles amores. Repetimos, a una orden de Montoria, los furibundos porrazos en la puerta. Esta se abrió al fin, y apareció el ogro, el maldito avariento y tirano doméstico, don Jerónimo de Candiola, echando veneno por ojos y boca. A la conminación de don José, pidiendo que se le entregaran los costales de harina al precio de cuarenta y ocho reales, señalado por la Junta de Abastos, contestó que no daría por menos de ciento sesenta y seis reales el costal de cuatro arrobas. Las atrocidades que uno a otro se echaron a la cara no son para reproducirlas. Injurioso y procaz estuvo el vejete usurero, tan insensible a la caridad como al patriotismo; severo y contundente se mostró el gran ciudadano Montoria, de cuya boca salieron aquel día, entre la andanada de vituperios y anatemas, todas las porras que almacenaba su alma fogosa para los casos de cumplimiento del deber en el orden militar y cívico.


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