Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Así fue. Del patio de San Pablo salimos ya muy avanzada la noche, porque la inhumación que acabo de referir duró más de tres horas. Pronto llegamos a la plazuela de San Felipe. Como la luz del incendio ya se había extinguido, la Torre Nueva, desnuda de su traje de púrpura, se nos apareció vestida de oscuridad. Se me antojó que era menor su inclinación y que moviendo el capacete nos decía: me inclino por asustaros: pasad sin miedo que no me caigo.
Apenas llegamos a la plazuela, vimos que el incendio era en la calle del Temple: aún humeaba el techo. En la casa de Candiola nada había ocurrido, y la calle estaba poco menos que desierta. Mi amigo solía tener sus entrevistas con la doncellita de Candiola en plena noche, protegido por la vieja Guedita, que mediante conquibus le franqueaba la entrada de un patio, separado de la calle por tapia de ladrillo. Como aquella noche era de las presupuestas en el programa del noviazgo, bastó que Agustín hiciera la señal convenida y discretamente usada en anteriores noches, para que la dueña, ya prevenida y estimulada de su maternal tercería, nos diese paso. Entramos quedamente, como ladrones, y ladrones éramos de la confianza del perverso Candiola, que a tal hora roncaba en el alto aposento, y a los primeros pasos nos encontramos a la niña, hada o angélica, protagonista del cuento de Agustín Montoria.