Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Llegamos a San Pablo y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y a cada instante volvía sus ojos a la Torre Nueva.
—Es un incendio terrible —me dijo—. Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel: yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo.
—No haya prisa —le respondí—, que tal vez mañana nos echen en ella sin que lo pidamos. Con que fuera tonterías y a trabajar.
Cuando se creyó que la zanja era bastante profunda, empezó la traída de cadáveres depositados en la iglesia. Uno a uno fueron arrojados en su gran sepultura, mientras algunos clérigos, de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos y no faltaba sino echar la tierra encima. Don José Montoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padrenuestro, echó el primer puñado y luego nuestras palas y azadas cubrieron la tumba a toda prisa. Concluida nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en voz baja. Agustín Montoria me dijo al oído[19]:
—En cuanto mi padre se retire nos iremos allá.