Episodios nacionales para ninos

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¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento, y mis recuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en aquella tarde espantosa. Hubo, pues, un momento en que, agotada la resistencia física, mi pobre cuerpo se arrastraba sobre el arroyo, tropezando con cadáveres insepultos o medio inhumados entre los escombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados a los extremos del delirio, no me representaban claramente el lugar donde me encontraba, y la noción del vivir era un conjunto de vagas confusiones, de dolores inauditos. No me parecía que fuese de día, porque en algunos puntos lóbrega oscuridad envolvía la escena; mas tampoco me consideraba en medio de la noche, porque llamas semejantes a las que suponemos en el infierno enrojecían la ciudad por otro lado.

Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos, yertos unos, con movimientos otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar un pedazo de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento! ¡Qué hambre! ¡Qué sed! Vi correr a muchos con ágiles movimientos; les oí gritar; vi proyectadas sus inquietas sombras formando espantajos sobre las paredes cercanas: iban y venían no sé adónde ni de dónde. Algunos, más felices que los demás, tuvieron fuerza para registrar entre los cadáveres, y recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne envuelta en tierra, que devoraban con avidez.


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