Episodios nacionales para ninos

Episodios nacionales para ninos

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Algo reanimados seguimos buscando y pude alcanzar una parte en las migajas de aquel festín. Por fin encontramos unas mujeres que nos dieron a beber agua fangosa y tibia. Nos disputamos el vaso de barro, y luego en las manos de un muerto descubrimos un pañuelo liado que contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite.

Me sentí con algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí que todo mi vestido estaba lleno de sangre, y sintiendo un vivo escozor en el brazo derecho, juzguéme gravemente herido; pero aquel malestar era de una contusión insignificante, y las manchas de mis ropas provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre.

Los incendios continuaban. Sobre la ciudad pesaba una densa niebla, formada de polvo y humo, la cual, con el resplandor de las llamas, formaba perspectivas horrorosas que jamás se ven en el mundo; en sueños, sí. Las casas despedazadas, con sus huecos abiertos a la claridad como ojos infernales; las recortaduras angulosas de las ruinas humeantes; las vigas encendidas eran espectáculo menos siniestro que el de aquellas figuras saltonas e incansables, que no cesaban de revolotear allí delante, allí mismo, casi en medio de las llamas. Eran los paisanos de Zaragoza que aún se estaban batiendo, y les disputaban a los franceses ferozmente un palmo del infierno.


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