Episodios nacionales para ninos

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Confirmó la fatal nueva mi amigo don Roque, el cual me dijo que la viuda de Manuel, los padres don José y doña Leocadia estaban en la próxima calle de la Parra, donde el cadáver yacía. No quiero afligiros refiriéndoos la luctuosa escena que allí vi. A la inmensa desdicha que ya sabéis, añadid ahora que el niño de Manuel, de cuatro años de edad, atacado de la epidemia y ya moribundo, expiraba en los brazos de su madre. El cuadro era de inenarrable tribulación. Don José Montoria, el hombre de acero, se violentaba para conservar su entereza; perdiéronla absolutamente doña Leocadia y su nuera, la viuda de Manuel. Ambas atronaban la calle con desgarradores ayes y lamentos. Todos llorábamos, y era en verdad peregrino y espantoso que el llanto mismo nos sirviera de consuelo, porque bebiéndonos nuestras lágrimas creíamos ingerir algún alimento.

A los pocos minutos de mi llegada, espiró el niño… Su cuerpo frío retiramos don José y yo de los brazos de la madre, mientras Agustín pugnaba por llevarse a ésta… No hay palabras para expresar tal acumulación de humanos dolores, sobrepuestos y enzarzados unos en otros… Pasado algún tiempo, el gran Montoria, con esforzado corazón y tirantez sobrehumana de su voluntad nos dijo: «Es preciso que enterremos a mi hijo y a mi nieto».


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