Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Miró él, miramos todos en derredor, y vimos innumerables cadáveres insepultos. En la calle de las Rufas había bastantes; en la inmediata de la Imprenta se había constituido una especie de depósito. No es exageración lo que voy a decir. Parece mentira, pero es cierto. Un hombre entró en la calle de la Imprenta y empezó a dar voces. Por un ventanillo apareció otro hombre que, contestando al primero, dijo: «Sube». Entonces aquél, creyendo que era extravío entrar en la casa y subir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso principal, una de cuyas ventanas le sirvió de puerta.
En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en abrir sepulturas? Por cada par de brazos útiles y por cada azadón había cincuenta muertos. De trescientos a cuatrocientos perecían diariamente sólo de la epidemia.
Montoria, al ver tal cúmulo de muertos, habló así:
—Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo tierra. Sus almas están en el Cielo: ¿Qué importa lo demás? Les acomodaremos ahí, en la puerta de la calle de las Rufas… Ea, señores, despachemos pronto, que quizás hagamos falta en otra parte.
—Señor don José —dijo don Roque llorando— retírese usted también, que los amigos cumpliremos este triste deber.