Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos El 21 de febrero, tristísimo día, mi entrañable amigo y yo cumplimos el deber de enterrar a Mariquita Candiola. Después de buscarla por toda la ciudad, la encontramos muerta en la calle de Antón Trillo. No tenía ni la herida más leve; ni una gota de sangre manchaba sus ropas; sus párpados no se habían hinchado como en los que morían de la epidemia. Al despedirse con extremos de infinito dolor del cuerpo de la linda joven, Agustín me dijo: «María no ha muerto de nada…, quiero decir que ha muerto de pena y desesperación». Creíamos ver una hermosa imagen de cera. Ved aquí, amiguitos míos, cómo terminó con horribles amarguras y convulsión trágica el rosado cuento de Agustín Montoria. Antes que llenáramos de tierra la sepultura, Agustín rompió su espada y la arrojó en la fosa… Después, sin cuidarse de enjugar sus lágrimas, dijo a los amigos presentes que era su voluntad encerrarse en el monasterio de Veruela hasta el fin de sus días.
La guarnición, según lo estipulado, debía salir con los honores militares por la puerta del Portillo. Yo estaba tan enfermo y desfallecido que mis compañeros tuvieron que llevarme casi a cuestas. Apenas vi a los franceses, cuando con más tristeza que júbilo se extendieron por lo que había sido ciudad.
Inmensas, espantosas ruinas la formaban. Era la ciudad de la desolación, de la epopeya digna de que la llorase Jeremías y de que el grande Homero la cantara.