Episodios nacionales para ninos

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No necesité saber más. Corrí al cuartel a pedir que me adelantaran la ración del día siguiente, y con esto y siete cuartos que ahorrados tenía saldríamos del paso. «Mañana, Dios dirá». Cuando yo estaba de vuelta con mi ración y mis cortos dineros pasó por delante de la tienda el señor don Pablo Nomdedéu, habitante en el piso superior de la casa, y trabamos conversación desmayada y triste sobre la escasez de vituallas que padecían los pobres gerundenses. Invitóme don Pablo a subir con él a su casa, lo que acepté gustoso, porque me agradaba platicar con hombre tan erudito de cosas de la guerra y del terrible asedio que nos esperaba.

Don Pablo Nomdedéu era médico. En el respetábamos al excelente vecino, al sabio y al hombre caritativo y bondadoso. Más aventajado que viejo se hallaba en aquellos días, por obra del estudio y de los pesares. Vivía en apacible medianía, consagrado fuera de casa al trato facultativo de los enfermos del hospital, dentro a las prolijas atenciones y exquisitos cuidados que ponía en su hija única, enferma de doloroso, incurable mal. Era Josefina una belleza consumida, un ángel marchito en la flor de la edad. De una fuerte y pavorosa impresión provenía su desorden nervioso y la irreparable turbación de su espíritu. Estaba sorda y casi paralítica.

—Su existencia, que ha venido a ser de plomo —decía don Pablo—, pende de una hebra de seda.


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