Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos En esto llegó junto a mí don Pablo, que se había separado un poco de la comitiva. «Andrés —me dijo—, no me guardes rencor por lo de esta mañana. Se trata de vivir, amigo del alma, y el pícaro instinto de conservación convierte al hombre en fiera… Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un gran estómago y nada más… ¡Ay de mí!… ¿Es posible que esto se prolongue? No, no puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de cuerpos humanos».
Alvarez, con su comitiva, seguía bajando, y la multitud apartábase para abrirle paso.
«Señor —le dijo Nomdedéu, volviéndome la espalda—. Olvidé decir a vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte».
Don Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras! La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo lo examiné y todo lo retuve en la memoria.
«Si no hay bastantes medicinas —replicó—, empléense las que hay, y después se hará lo que convenga».