Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Nada puede ver en los primeros momentos, mas a poco de estar allí distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones rotos, arreos de caballerías y carros y mil objetos de indefinible configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida que mis ojos a ella se acostumbraban.
De pronto sentí que las hojas sonaban pisadas por mil patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún animal verdaderamente fuerte y temible? Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que heló la sangre en mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise huir, y hundíme en la hierba seca. Revolví los ojos en tomo mío, y aumentó mi terror al ver que se disponía para acometerme por distintos lados, con la rabia de mil bestias feroces, todo el ejército imperial.
En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho. ¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé… La turba insolente, aguijoneada por el hambre, me atacaba furiosa. Hallándome sin defensa exclamé con angustia:
—¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro!