Episodios nacionales para ninos

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Delante iba el mayor de todos, individuo de privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había jovenzuelos, juguetones, y no faltaban graciosos niños. No eran docenas, sino cientos, miles, ¡qué sé yo! Un verdadero ejército, una nación entera, masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada tan vergonzosa. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura puertecilla que vi en la pared sumergiéronse todos en un segundo, como chorro que cae al abismo. Acerquéme a dicha puerta y grité:

—Manalet, ¿estás ahí?

Al principio no sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de hojarasca, que me pareció producido por las pisadas de la guardia imperial sobre montones de yerba seca. Pero al poco rato creí escuchar voces y lamentos que al principio parecieron aprensión mía el eco de mis propios gritos. Como se repitieran más acentuados, resolví aventurarme en lo interior del aposento oscurísimo que ante mí se abría.


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