Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos —¿Y tu hermana?
—Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y no nos responde.
Algo más quise decirle; pero se me extinguió el don de la palabra…, nubláronse mis ojos cuando vi desaparecer a Badoret con su lúgubre carga.
La fiebre traumática me tomó por su cuenta, y uno tras otro diferentes delirios caldearon mi cerebro, reproduciendo los hechos anteriores a la situación en que me encontraba. Hablé con Siseta, hablé con Nomdedéu. A éste le dije: «Ah, señor don Pablo, los dos hemos muerto, y ahora nos juntamos en lo que llamábamos allá la otra vida; sólo que usted camina hacia el Cielo y yo voy derecho a los Infiernos…». Hablé también con Napoleón, persiguiéndole en su fuga… Cuando alcanzaba yo la cuerda, que era como prolongación de su rabo, el pícaro se me escabullía, volviéndose de vez en cuando para escarnecerme con groseras burlas…
Turnaban luego en mi cerebro los delirios horrorosos con los gratos, hasta que un día me reconocí en el uso normal de mis sentidos, y con el entendimiento en apacible claridad. Vi el cielo encima, en derredor mío mucha gente, y a mi lado un fraile. No se oían cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible.
—Joven —me dijo el fraile—, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa herida del pecho no es mortal.