Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos El espectáculo que ofrecía el interior del «Santísima Trinidad» era el de un infierno. Las maniobras habían sido abandonadas porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible, correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían, los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de su sitio por el cañón enemigo llenaban la cubierta, donde apenas había espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían o le llamaban con angustia los que luchaban.
Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima, cual era la de transportar heridos a la enfermería. Algunos morían antes de llegar a ella y otros tenían que sufrir dolorosas operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado. También tuve la indecible satisfacción de ayudar a los carpinteros, que a toda prisa aplicaban tapones a los agujeros hechos en el casco, pero por causa de mi poca fuerza no eran aquellos auxilios tan eficaces como yo habría deseado.