Episodios nacionales para ninos

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—Todo eso es para mí un juego, mi General. Entrar, salir, ver…, una diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque, diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.

—Tú eres un aturdido, Araceli, y no sirves para el caso —replicó don Carlos.

—Deme esa comisión y se verá si sirvo o no sirvo. Me vestiré de charro, entraré vendiendo hortalizas, carbón, teas… En fin, mi General —añadí con calor—, o me presenta vuecencia al Duque, o me presento yo solo.

—Vamos, vamos al momento —dijo España entrando conmigo en la sala.

Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de Ciudad Rodrigo con otros tres generales examinando un plano del país, y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza para mirarnos. Hízome seña don Carlos España de que debíamos esperar… En silenciosa espectación permanecimos no sé cuánto tiempo, y por fin, Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles, y que tanta admiración me inspiraba a mí.


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