Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender lumbre, los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica, traían de Aldea Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados, que con el ron abundante devolvieron el alma a los desmadejados cuerpos. Gran martirio era para los highlanders que no se les consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las melancólicas canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin entenderles. Erame en extremo agradable ver la conformidad y alegría de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria misma… Un escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de mejillas sonrosadas como una doncella, levantóse al ver que me acercaba al corrillo, y en chapurrado lenguaje, mitad español, mitad portugués, me dijo:
—Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la vieja Escocia.
—¡A la salud del Rey Jorge III! —exclamé yo.
Sonoros hurras me contestaron.