Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos —El hombre muere y las naciones viven —dijo dirigiéndose a mí otro escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una zampoña—. ¡Hurra por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en la superficie del mundo.
—¡Viva España!
—¡Viva lord Wellington! —grité yo.
Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje, incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando alrededor del nido.
Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas cubiertas con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja que parecía cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas rojas les hacían muy visibles a pesar de la obscuridad. Los oficiales, envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de anchas alas y movible cresta.
Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia el Arapil Grande. Pack distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron. Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad del cerro.