Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al Cuartel General. Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado, distinguí las masas del ejército francés moviéndose sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante, un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la batalla decisiva. Los jefes, todos en pie sobre las elevaciones del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, observaban, ayudados de sus anteojos, la pericia del Arapil Grande, junto a la ermita.
—¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? —me preguntaba yo lleno de confusiones.
Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos diversos para desconcertar a su enemigo; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla, y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante, permanecía en su puesto observando al francés, y sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería lanzarse antes de tiempo.