Episodios nacionales para ninos

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Observábamos los claros del suelo ensangrentado, cubierto de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Lanzábame yo a los mismos delirios que veía en los demás, olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o, mejor dicho, una nueva alma, que no existía sino para regocijarse en aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los highlanders, y, ¡cosa extraordinaria!, en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les entendía yo.

El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó las líneas imperiales, precisamente en el momento en que llegó a nuestro campo la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva. Desde aquel momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y observamos que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban despacio, resguardados por el frente, que seguía haciendo fuego.


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