Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos «¡Que nos vamos a pique!…, ¡a las lanchas, a las lanchas!», exclamaron algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservación corrían hacia la borda, buscando con ávidos ojos las lanchas que volvían. Se abandonó todo trabajo; no se pensó más en los heridos, y muchos de éstos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella con delirante extravío, buscando un portalón por donde arrojarse al mar. Por las escotillas salía un lastimero clamor, que aún parece resonar en mi cerebro, helando la sangre en mis venas y erizando mis cabellos. Eran los heridos que quedaban en la primera batería, los cuales, sintiéndose anegados por el agua, que ya invadía aquel sitio, clamaban pidiendo socorro, no sé si a Dios o a los hombres.
A éstos se lo pedían en vano, porque no pensaban sino en la propia salvación. Un solo hombre, impasible ante tan gran peligro, permanecía en el alcázar sin atender a lo que pasaba a su alrededor, y se paseaba meditabundo, como si aquellas tablas donde ponía su pie no estuvieran solicitadas por el inmenso abismo. Era mi amo.
Corrí hacia él, despavorido, y le dije:
—¡Señor, que nos ahogamos!
Don Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel, que sin abandonar su actitud pronunció palabras, tan ajenas a la situación como éstas: