Episodios nacionales para ninos

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«Gabriel, hijo mío, yo me muero… Dicen que cuando uno se muere y no halla cura con quien confesarse debe hacerlo con el primero que encuentre. Pues yo, Gabrielillo mío, en este trance, me confieso contigo, y voy a trasbordar todos mis pecados desde mi conciencia a tus oídos… Escúchame… Digo que siempre he sido cristiano católico, postólico, romano, y que siempre he sido y soy devoto de la Virgen del Carmen, a quien llamo en mi ayuda en este momento; y digo también que si hace veinte años que no he confesado no fue por mí, sino por mor del maldito servicio y porque siempre lo va uno dejando para el domingo que viene… Jamás he robado ni la punta de un alfiler ni he dicho más mentiras que alguna que otra, para bromear. De los palos que le daba a mi mujer, hace treinta años, me arrepiento, aunque creo que bien dados estuvieron, porque era más mala que las churras, y con un genio más picón que los alacranes. No he faltado ni tanto así a lo que manda la Ordenanza; no aborrezco a nadie más que a los casacones, a quienes hubiera querido ver hechos picadillo; pero, pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo os perdono, y así mismamente perdono a los gabachos, que nos han traído esta guerra. Y no digo más, porque me parece que me voy a pique. Yo amo a Dios y estoy tranquilo. Gabriel, abrázame, abarlóate al costado mío. Tú no tienes pecados y vas a andar finiqueleando con los ángeles divinos. Más vale morirse a tu edad que vivir en este emperrado mundo… Con que ánimo, chiquillo, que esto se acaba… El agua sube, y el “Rayo” se acabó para siempre. La muerte del que se ahoga es muy buena: no te asustes…, abrázate conmigo. Virgen del Carmen, llévanos contigo al Cielo, que, según dicen, está alfombrado con estrellas… Morimos en la mar salada… Lo que yo digo: de la mar al Cielo…».


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