Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo viera usted cuando se pone a mirarme… ¡Pobrecito! Me quiere mucho. Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.
—Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de su excelencia. Usted me lo prometió la última vez que nos vimos.
—Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.
—Y después del primer nombre, que usted designará —poniéndose muy inflado—, llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?
—Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.
—Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.
Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho, y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos —pensaba—; pero de amistad, de pura amistad, porque me interesa esta infeliz… Y, digan lo que quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran curiosidad.