Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos, velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria.

—Pues entonces —replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas—, yo quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa Cruz… A ver, que me expliquen esto…

La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró diciendo a voces:

—Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento para mi obra… Si no, Dios y San José les amargarán el premio.

—El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda —dijo D. Baldomero—. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.

—¡Hereje!… —replicó la dama haciéndose la enfadada—. Herejote…, después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres… El veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento… Y punto en boca. Si no, lo gastarás en botica. Conque elige.

—No, hija mía; por mí te lo daré todo…


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