Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes que es varón, y que es tan granuja como yo.

La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro, que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que éste sudaba por los poros de las sienes de su mujer.

—¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado! —añadió Juan con incredulidad.

—¿Te alegras?

—¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?

—Pronto.

—¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco?

—Más pronto.

—¿Dentro de tres?

—Más prontísimo… Está al caer, al caer.

—¡Bah!… Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Conque fuera de cuenta? Pues nada, no se te conoce.

—Porque lo disimulo.

—Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú, con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a La Correspondencia.


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