Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te convencerás.
—¿Pero a quién he de ver?
—Al…, a tu hijito, a tu nenín de tu alma.
—Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan guardado hasta ahora.
Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación acalorada podía hacerle daño.
—Tiempo hay de que hablemos de esto —le dijo—; y ya…, ya te irás convenciendo.
—Güeno —replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un niño a quien arrullan.
—A ver si te duermes… Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres?
—Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo aprietas!
—Si me engañas te cojo y… así, así…
—¡Ay!
—Te deshago como un bizcocho.
—¡Qué gusto!
—Y ahora, a mimir…