Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Éste y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de hombre:
—¿Pero de veras que vas a tener un chico?
—Chi… y a mimir… rro… rro…
Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en la espalda.
—¡Qué gusto ser bebé! —murmuró el Delfín—, ¡sentirse en los brazos de la mamá, recibir el calor de su aliento y…!
Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un tierno infante en edad de lactancia, chilló así:
—Mamá… mamá…
—¿Qué?
—Teta.
Jacinta sofocó una carcajada.
—Ahola no…, teta caca…, cosa fea…
Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el tiempo y de expresar su cariño.
—Toma teta —díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.