Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!
—Pero como no nos oye nadie… Las cuatro: ¡Qué tarde!
—Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!…
—¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!…
—Me parece que de ésta me duermo, vida.
—Y yo también, corazón.
Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.
3
24 de diciembre.
Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su suegra el lío que entre manos traía. Pidióle perdón por no haberle confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín.