Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —¿Pero tú sabes lo grave que es eso?… Así, sin más ni más…, un hijo llovido. ¿Y qué pruebas hay de que sea tal hijo?… ¿No será que te han querido estafar? ¿Y crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?… Porque todo eso es muy vago… Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela…
La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le dijo con frialdad:
—No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y escóndelo hasta ver… La cosa es muy grave. Diré a tu marido que Benigna está enferma y has ido a visitarla.
Después de esta conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que Juan y D. Baldomero lo supieran.
—Veremos cómo lo toman —añadió dando un gran suspiro.
Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al Pituso como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que ella.