Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—Pero me habéis de dar premio —les dijo—. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros.

En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró sonriendo.

—Son falsas… Tienen hoja.

—Usted sí que tiene hoja —replicó la santa con gracia, y los demás se reían—. Una peseta de premio por cada una.

—¡Cómo va subiendo!… Usted nos tira al degüello.

—Lo que merecéis, publicanos.

Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los billetes del cambio.

—Vaya… Para que no diga…

—Gracias… Ya sabía yo que usted…

—A ver, Doña Guillermina, espere un ratito —añadió Ramón—. ¿Es cierto lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la suscripción para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo para que busque cuartos?

—El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace siempre lo que nos conviene… Conque buenas noches; ahí les queda ese caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se le ablande la mugre.


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